Su última promesa.

Se encontraba solo, sentado en la cima de una roca, alta y con la punta redondeada. Miraba las olas de aquel mar precipitándose contra la base de las piedras. Salpicaba en su cara gotas de aquella espuma, y eso le parecía amigable, como una caricia en medio de la amargura. Contemplaba las estrellas pensando en la vida, en la infinidad del universo y en su pequeña existencia, esa que sentía miserable.

Y ahí estaba él, cavilando, maquinando, dándole vueltas a su vida. Analizaba sus últimos pasos, remarcando sus tragedias y resaltando los errores. Encendió un cigarro, el aroma de un puro a veces lo reconfortaba, el humo rasposo en su garganta era el analgésico de su tristeza. Su cuerpo era una bolsa de emociones, su mente un torbellino de miedos, su corazón un bloque de angustia. La primera lágrima acarició su mejilla, la primera mueca se dibujó en sus labios y la amargura se alojó en su garganta, como un nudo difícil de aflojar, ni el humo podía corroerla.

En sus oídos se alojó el silencio, en su cara la brisa, para secar sus lágrimas y resquebrajarle los labios, temblorosos por reprimir el llanto. Le costaba respirar, el estómago le temblaba, reprimía tanto las ganas de gritar, que le dolía el pecho, no deseaba que el mundo se enterará de su llanto. Porque puede ser un pecado imperdonable, las lágrimas de un hombre desesperado, frustrado, vencido. Arrollado por la vida, derrotado por sí mismo. Porque él podría ser egoísta, engreído o, hasta incluso, malvado, pero nunca, nunca, podría ser sensible. No porque él no se lo permitiera, sino porque los otros no lo aceptarían.

Se paró en el borde, apretaba sus puños tan fuerte que las uñas se clavaban en su propia carne. Hasta incluso creo que sangraba. Miró hacia abajo, las rocas pedregosas, sus picos afilados, las olas que rompían, las gotas que salpicaban. El viento sopló más fuerte, sus ojos se cerraron y sus piernas se aflojaron…

Él sólo quería sentirse a gusto consigo mismo, llenar ese vacío que le oprime el pecho. Liberarse de las obligaciones. Soltar el peso de la culpa. Borrar las enseñanzas sin sentido del pasado. Alivianar la carga. Perdonarse todo lo que quiso hacer y no hizo, por pensar que no era lo correcto. Quería recuperar el tiempo perdido. Salir a correr, sólo por el hecho de hacerlo, como un niño que corre por el pasto, no porque llegue tarde, sino por el placer de correr, por la euforia del momento, por la felicidad que da, simplemente, hacerlo. Él quería vivir, pero no más como antes, sino que como ahora. Quería vivir como él sabía vivir, y eso que de vivir no sabía nada, pero estaba dispuesto a experimentarlo.

Y decidió morir. Nuevamente, decidió morir, morir para renacer. Y se hizo una promesa, la última, la única que sabía que podía cumplir. Esa que todos ya conocemos. “Tratar de ser siempre la mejor versión de sí mismo”.

 

 

—Más Escritos—

—Canción de la Semana—

4 comentarios en “Su última promesa.

  1. Que hermoso texto, es como si estuviera en la sima de aquella colina, siendo el protagonista. Me emocione con tus palabras, se que muchas veces fui aquella persona, y muchas veces he renacido.

    Gracias por compartir este texto, seguire leyendote

    Le gusta a 1 persona

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